El lastre de una mala estrategia

Nuestro país necesita una estrategia comercial agresiva que impulse las exportaciones porque sin dólares genuinos no se puede crecer de manera sostenida.

Por Martín Tetaz

Economista, especialista en Economía del Comportamiento

 

Uno de los grandes logros en materia económica del gobierno de Alfonsín, poco reconocido en el debate público, fue su política exterior. Aunque el Tratado de Asunción se firmó en 1991, las negociaciones para llegar al MERCOSUR se iniciaron mucho antes y se plasmaron en la firma de la Declaración de Foz de Iguazú, en noviembre de 1985. El boom exportador de los 90, empezó en realidad en la segunda mitad de la década del 80; las ventas a Brasil, que habían promediado 552 millones de dólares anuales en la primera mitad de esa década, escalaron a los 1422 millones de 1990, para explotar luego hasta los 6.205 millones en 2001 y llegar al récord de 17.317 millones en 2011. El otro gran acierto comercial fue el plebiscito del Beagle que permitió la paz con Chile, facilitando el crecimiento del comercio con nuestro vecino transandino que promediaba 189 millones anuales en el primer lustro de los 80 y se multiplicó por 30 en un crecimiento sostenido hasta el pico del 2012.

 

Pero al mismo tiempo que el Mercosur nos dio un socio comercial voluminoso, que nos ayudó a multiplicar nuestras exportaciones, se convirtió en un lastre porque nos expuso al riesgo cambiario y macroeconómico con Brasil, al tiempo que limitó nuestras chances de diversificar los destinos comerciales con nuevos acuerdos, como sí pudo hacerlo Chile que además de ser parte de la Alianza del Pacífico firmó 16 acuerdos de libre comercio con socios que van desde Estados Unidos a Vietnam, pasando por Canadá, Australia, Corea y Hong Kong. Si bien en las conversaciones preparatorias de lo que sería el Mercosur, Argentina y Brasil habían avanzado en la idea de una convergencia de políticas económicas e incluso pensaban en una moneda común (el Gaucho), el acuerdo quedó reducido en la práctica a una unión aduanera incompleta, sin todas las ventajas del libre comercio y con el mayor riesgo de una descoordinación que ahora nos hacía mas vulnerables puesto que Brasil solo representaba el 6% de nuestras exportaciones en la primera mitad de los 80s y pasó a ser el 28% en el segundo lustro de los 90s.

 

El impacto de esa mayor dependencia se sintió fuerte con la devaluación del Real en enero de 1999, en un contexto en el que Argentina no podía ajustar su tipo de cambio por estar bajo el régimen de la convertibilidad. Doce años mas tarde la decisión del gobierno argentino de atrasar artificialmente el tipo de cambio con fines electorales demolió 28% nuestro tipo de cambio bilateral con un Brasil en que ya no crecía como antes y mientras la actividad se enfriaba en el vecino país, el tipo de cambio real seguía atrasándose, para quedar a fines del 2015 un 58% por detrás del nivel que tenía en 2011. Pésima estrategia

 

La combinación de un peso artificialmente fuerte con el ciclo recesivo en Brasil noqueó las exportaciones a ese país primero en 1999 y luego en 2012, particularmente las de manufacturas de origen industrial.

 

Nuestro país necesita una estrategia comercial agresiva que impulse las exportaciones porque sin dólares genuinos no se puede crecer de manera sostenida. En los últimos 75 años tuvimos quince crisis macroeconómicas severas y salvo en la del efecto Tequila de 1994-95, en las catorce restantes la recesión fue causada o estuvo combinada con una crisis de balance de pagos, por insuficiencia de divisas.

 

El Mercosur es una herramienta importante que permitió un boom de exportaciones a Brasil en sus primeros 20 años, pero que ahora necesita reformarse, profundizándolo en materia de coordinación de políticas monetarias y fiscales, pero también flexibilizando las reglas de negociación con otros bloques, para evitar los vetos ideológicos que le están quitando todo el dinamismo al Mercosur y generando incentivos para que los socios quieran disolverlo, si es que el bloque no avanza en nuevos acuerdos y sus miembros lo sienten como un lastre, porque están atados de pies y manos para negociar de manera bilateral.