Por qué Argentina lleva 10 años sin poder crecer

Los niveles de educación se derrumban a pedazos, la inseguridad se vuelve incontrolable, la inflación que no podemos controlar desde hace 18 años y un nivel de inversión que apenas llega a cubrir las cuestiones más elementales para que la actividad económica pueda seguir suspirando en su agonía.

Por Manuel Adorni

Analista económico

 

Los niveles de educación se derrumban a pedazos, la inseguridad se vuelve incontrolable, la inflación que no podemos controlar desde hace 18 años y un nivel de inversión que apenas llega a cubrir las cuestiones más elementales para que la actividad económica pueda seguir suspirando en su agonía. A pesar de esto, este año hemos pasado por circunstancias que en detrimento de nuestra sociedad, hacen dudar que el problema realmente haya sido la pandemia: se han liberado miles de presos (en su mayoría violadores y asesinos), hemos vivido intentos de expropiación (como fue el caso de Vicentín) y tomas de tierras en varias partes del país apañadas por un sistema que no respeta (y no le interesa demasiado hacerlo) la propiedad privada. Además hemos priorizado la reapertura de casinos y bares antes que la vuelta a las clases presenciales, en una sociedad con necesidades educativas infinitas.

 

Como si no alcanzase nada, también hemos tratado de miserables a los empresarios (a quienes también hemos responsabilizado por la suba de precios), hemos permitido cortes de ruta por doquier y como un acto de gran estupidez, hasta hemos destacado a Hugo Moyano como un gran sindicalista (sindicalista este que se encargó en pleno confinamiento de bloquear las plantas de la firma insignia de la Argentina, esa Mercadolibre que resultó fundamental para que muchas pymes hayan evitado el peor desenlace en estos tiempos).

 

Como pensamos en grande, sabíamos que esto podría traer algún que otro problema en el mercado de trabajo. Por eso es que se nos ocurrió una idea fantástica: prohibir los despidos y aplicar castigos adicionales a los empleadores que pretendan desvincular personal. Increíble que en un país donde uno de cada tres trabajadores están trabajando en el mercado informal y donde las pymes (ya previo a la pandemia) estaban a punto de fundirse y cerrar sus puertas para siempre, hayamos pensado por un instante que a través de un decreto podíamos prometer la felicidad al trabajador. Incluso nos burlábamos de los datos de empleo de Estados Unidos, jactándonos de ser únicos en la protección del trabajo. 

 

Claro, aquellos inmorales del norte ya han recuperado todo el empleo perdido, cuando aquí aún estamos buscando la explicación del porque de que todo ha salido mal. De lo mas extraño que ha ocurrido en estos meses creo que fue (como contraposición a los desastres en el sector privado) el festejo (incluso con propaganda oficial) de la cantidad de planes sociales otorgados, planes estos que fueron pagos con la máquina de hacer billetes, acción que repercutirá en la inflación futura y que más tarde o más temprano, nos hará un poco más pobres a todos, pero por sobre todo a aquellos que menos tienen.

 

Tampoco nos hemos dedicado a cumplir promesas de la campaña electoral: congelamos la movilidad jubilatoria dando a los jubilados y pensionados aumentos por decreto, que lejos estuvieron de dignificar absolutamente a nadie. Aquella fantástica idea de implementar “el mismo día de asunción” un aumento del 20% a los jubilados, haciendo posible esto gracias a los intereses que se les pagaba a los vende patria que operaban la “timba financiera” parece que no pudo ser factible, de hecho las Leliqs, los Pases y demás instrumentos del desorden monetario macrista, se han incrementado exponencialmente. Solo hubo dos promesas de campaña que se intentaron cumplir: la ley de interrupción voluntaria del embarazo y la reforma judicial.

 

El fracaso fue rotundo y la frustración económica, la gran constante. El 2021 nos va a dar la bienvenida junto a grandes desafíos, muchos de ellos importantes y muchos otros, extremadamente urgentes. Debemos decidir si este año que comienza nos terminará de hundir en un populismo absurdo pregonado por el ánimo electoralista o si será el comienzo de un país distinto al que habitamos. Y dentro de las cuestiones que tienen que atenderse de inmediato se encuentra sin lugar a dudas la urgente necesidad de creación de empleo. Este desafío debe indefectiblemente traer aparejadas las reformas que la Argentina espera desde hace medio siglo: la reforma laboral, una reforma impositiva que deje de oprimir a los que producen y se sacrifican cada día, la revalorización de las instituciones y una gran reforma monetaria y fiscal que terminen con prácticamente dos décadas de inflación ininterrumpida. Y lo más importante: dejar de pensar que el Estado es el que nos salvará de las desgracias cuando siempre ha sido éste el que nos ha puesto en ellas.