Te salva el Mercado, no el Estado

Por Maximiliano Suárez

Asesor Financiero de Bull Market Securities

 

Sin dudas, el tema de la semana pasada fue el vacuna-gate, que terminó con la renuncia del ahora ex Ministro de Salud Ginés González García, y su reemplazo por Carla Vizzotti. Después de descubrirse la existencia de un vacunatorio VIP para allegados al Gobierno, explotó la controversia sobre cómo, cuando y quién asigna prioridad para un recurso tan vital y escaso como la vacuna contra el COVID-19.

 

Sin embargo, esta problemática, en apariencia compleja y desafiante, se presenta mucho más a menudo de lo que probablemente podamos llegar a percibir, y aunque desde ya no tiene consecuencias inmediatas tan trascendentales como en este caso, bien vale para pensar cómo se asignan los recursos en nuestra sociedad y cuáles son las responsabilidades que delegamos al respecto. Por definición, en un momento dado, todos los recursos que podamos imaginar resultan escasos, por más que parezcan inagotables. Y cuando hay escasez, el concepto de administración eficiente se torna relevante. Con un presupuesto ilimitado, no hay necesidad de establecer regla de asignación alguna: todo para todos, hasta reventar. El problema es que, en el mundo real, los presupuestos ilimitados no existen, todo recurso es finito y las ofertas son, no hasta que el consumidor reviente, sino hasta agotar stock. Por eso cuando queremos todo para todos, en general terminamos con nada para nadie. Lamentablemente, la historia da muestras de sobra al respecto.

 

Frente a la escasez, es necesario entonces que los recursos sean asignados de algún modo, y mientras más eficiente, mejor. Y eso es justamente lo que estudia la economía, la asignación eficiente de los recursos escasos. Pero ¿eficientes para quién? En una transacción siempre se necesitan dos lados: comprador y vendedor, para los cuales la eficiencia implica que el vendedor vende tan caro como puede y el comprador paga cuanto está dispuesto a gastar. Es una relación dónde ambos están satisfechos, o al menos si son racionales, debieran estarlo (subidores de tickets a Twitter abstenerse). Ahora bien, más allá del bienestar individual también existe el bienestar social, y sobre eso dice trabajar el Estado.

 

El problema de la inclusión de este tercer actor es que en este caso el Estado debe interpretar lo que es mejor para el resto y ejecutarlo, una tarea desafiante, sino imposible. Sin embargo, esto no quiere decir que no haya que intentarlo, toda sociedad tiene ideales, alguno de ellos lo suficientemente nobles como para permitirnos correr el riesgo de delegar en un ente externo nuestro propio bienestar, y el del vecino. Pero es justamente por el riesgo que esto entraña, que esa delegación debe ser acotada y bien delimitada, más aún en países con instituciones débiles y una tradición cívica y democrática anémica, pues es muy posible que en esos casos, el remedio termine siendo peor que la enfermedad.

 

Un ejemplo de ello fue la administración durante la pandemia, que nos dejó sin salud ni economía, algo que quizás hoy a la distancia puede apreciarse mejor, solo hace falta ver las estadísticas. Y ojalá pudiéramos decir que esto fue un hecho aislado, o una mala decisión producto de la enorme incertidumbre que genera una pandemia histórica, pero desafortunadamente no podemos: en Argentina el desmanejo de lo público no es la excepción, sino la norma. Nos toca convivir con un Estado deficiente, que en nombre de la justicia social despoja y reparte lo que no tiene, comprometiendo las finanzas públicas al punto de tener que aumentar permanentemente la presión fiscal y el peso de la deuda que recae sobre nuestra economía, lo cual lejos de forjar una sociedad más equitativa, solo augura informalidad y menores ingresos para el futuro.

 

Más aún, como las subas de impuestos y el endeudamiento no alcanzan para alimentar a la bestia insaciable, recurrimos al más antiguo y devastador de los males económicos, la adulteración del valor del dinero, no ya mediante la dilución de metales como se solía hacer otrora, sino imprimiendo billetes como si fuera un juego de Monopoly (o del Estanciero), a un ritmo que, en promedio, duplica la base monetaria cada dos años y medio. Esto genera una inflación que resiente y carcome el poder de compra del sector privado, y sobre todo de aquellos que no tienen capacidad para modificar su ingreso lo suficientemente rápido para evitar la erosión del billete (asalariados, rentistas, y contratos fijos en general).

 

Y como eso tampoco es suficiente, también saqueamos a los jubilados, no solo ya privándolos de la salud y la vacuna que en su derecho les tocaba, sino también despojándolos de los ahorros de toda su vida, pues la ANSES hoy es una corresponsalía del ejecutivo, gastando a cuenta de un Estado que también gasta a cuenta. El resultado es el paulatino pero indeclinable vaciamiento de las arcas de pensión que sustentan a nuestros jubilados y, se supone, nos deberán sustentar también a nosotros en un futuro no tan lejano. Algo que, sumado a esa estafa piramidal llamada régimen de reparto (criatura de la estatización de las AFJP en 2008), nos condena a un retiro que, con suerte, será en condiciones de mera subsistencia.

 

Por eso quienes esperen una salvación del Estado, y en particular de este Estado, pueden estar seguros de que hay muy poco para ofrecer, y cada vez menos, pues como dijimos, los recursos son limitados, la creciente presión fiscal empuja al sector productivo a la clandestinidad y la evasión, nuestra bien ganada fama de incumplidores seriales (incluyendo el default encubierto de la última reestructuración) nos deja afuera de cualquier mercado de crédito con tasas razonables y la emisión cada vez es menos efectiva en tanto el público se saca los pesos de encima lo más rápido posible.

 

Es innegable el rol vital que tiene el Estado en la sociedad, así como también es innegable que no todos los políticos ni todos los partidos son iguales. Ha habido momentos dónde todo este complejísimo entramado amagó con funcionar, pero parece ya no ser el caso. Y en la medida en que las esperanzas de un funcionamiento normal de la economía se diluyen, refuerzo una idea que suelo comentar a menudo: es indispensable tener un plan propio. Porque el mercado, a diferencia del Estado, no es un ente externo, el mercado somos todos. Cómo ya se mencionó varias veces en este portal, hay muchas alternativas para empezar hoy a pensar en el retiro, en protegerse de la inflación o de los saltos del tipo de cambio, en cuidar los ahorros de las confiscaciones arbitrarias, o simplemente en garantizarte los medios para velar por tu salud, si es que el Estado decide repartir las pocas vacunas que hay entre amigos, a pesar de los emotivos spots de Aerolíneas Argentinas.

 

Lo importante es estar decidido a tomar las riendas del propio destino, sin delegar en nadie, porque al final del día todos buscamos el interés personal. Pero lo que es bueno para la oligarquía estatal puede no serlo para vos. Nadie mejor que uno mismo para cuidarse.

 

Te salva el mercado, no el Estado.

 

*Disclaimer legal: Tenga en cuenta que existen riesgos asociados con la inversión en valores, incluida la posible pérdida de capital, de conformidad con la Norma FINRA 2210 (d)(1)(A)